
Ronda. 1950 |
Morató Aragonés. Paisaje con figuras
Josep Mª Morató Aragonés nació en Reus en 1923, pero sus inicios pictóricos hay que buscarlos en una pequeña localidad del Priorato, Cornudella de Montsant, donde residió por circunstancias familiares entre 1928 y 1941 y en donde hacia 1936 entró en contacto con artistas como Ignasi Mallol y Joan Rebull, quienes llegaron allí con sus alumnos de la Escuela de Arte de la Generalitat en Tarragona para realizar las prácticas de paisaje. También fue en Cornudella que Ivo Pascual le animó a estudiar Bellas Artes, después de
pasar los meses del verano de 1940 pintando junto a él y a sus amigos Bosch Roger y Ventosa.
La laureada trayectoria de Morató (Medalla de Oro de la ciudad de Reus e Hijo Adoptivo de Cornudella) empezó en 1941 al ganar la Medalla Fortuny con tan sólo 17 años, hecho que propició su traslado a Barcelona para cursar los estudios de Bellas Artes. En esta capital comenzó su amistad con Bonaventura Puig y Perucho, a quien consideró su maestro, y coincidió con Miquel Villà en un retiro en Montserrat, influyendo en su forma de analizar el color del paisaje. Iniciado, pues, en el impresionismo, no fue hasta su primer viaje a
París en 1950 que empezó a definirse la síntesis de lenguajes que caracteriza su obra, entre la tradición naturalista del paisaje, la racionalización constructivista, herencia de Cézanne y sus seguidores, y algunos modos del informalismo y la abstracción en el trazo, el color y el
tratamiento de la materia. Su segundo viaje a París en 1954 le descubrió la pintura plana y la obra de Clavé, Bouffet y Chagall, desarrollando a partir de entonces el gusto por una estética de talante expresionista, de perfiles marcados, rasgos acentuados y preferencia por los grises y azules y las tonalidades frías, empezando a ser conocido por su “rica paleta agrisada”.
París e Italia (donde en 1955 empezó a trabajar la pintura de estudio, liberándose de las imposiciones de la obra al natural) serán, pues, los dos centros que aporten a Morató Aragonés los elementos necesarios para elaborar su propio estilo, fruto de la fusión de tendencias opuestas. Esa búsqueda del equilibrio entre lo real y lo abstracto, intentando que su pintura fuera sincera (trabajando “desde dentro”) es por lo que nunca se sintió ligado a ningún movimiento. Tildado de “moderno” en los años 60, siempre se mantuvo fiel a la figuración. A este respecto dijo en el 78: “quien trabaja en el campo del arte, más que restar cualidades, debe añadirlas. Pretendo demostrar que hoy día, todavía, puede hacerse obra de arte mediante el dibujo, la forma”, o también: “cuando mejor me encuentro es pintando el
recuerdo de lo que he vivido, con una base de apuntes tomados del natural. Esto hace que me acerque más a la realidad. Si no, algunas veces llegaría a una combinación de colores y formas casi abstractas”. En los años sesenta, tras un nuevo viaje a París en el 64, empezó a utilizar la espátula como instrumento pictórico casi exclusivo, lo cual constituirá
uno de los principales atractivos de la obra de esta etapa y una de las características definitorias de su estilo durante mucho tiempo La originalidad de este tratamiento propició (o quizá fuera a la inversa) el paso a una progresiva geometrización de su obra (“planificación cristalográfica”, según Santos Torroella), características que durarán hasta
principios de los setenta y que coinciden con su período de exposiciones en la galería Grifé & Escoda. Esta geometrización le llevó a realizar obras cada vez más cerebrales, rasgos que después fueron desapareciendo paulatinamente, coincidiendo con la recuperación del pincel, y que dejaron paso a un lirismo íntimo y a una mayor suavidad de formas. 1975, año en el que su gama de colores llegó al punto más suave y apastelado, marcó el inicio de una evolución inversa, con la recuperación de los tonos cálidos y de los contrastes audaces, afinando al máximo el lenguaje del pincel y la espátula, evidenciando una dicción cada vez más libre y una fuerza de trazo que no perdió ni en los últimos momentos de su producción.
Paisajes y figuras
Morató Aragonés, fundamentalmente paisajista, quiso siempre mantenerse vinculado a su tierra pintando los paisajes de Cornudella y Reus, una constante a lo largo de sus fructíferos 70 años de pintura. Ese interés emocional por lo cercano lo alternó en sus períodos más viajeros con vistas de los lugares que visitaba. El paisaje francés, con una arquitectura que
favorecía la geometrización, y el austero paisaje castellano, que propiciaba el juego cromático y compositivo de difícil solución, fueron dos vértices opuestos de una realidad que él supo conjugar con destreza. Pero si en algún lugar podemos observar la calidad de su trazo es en sus apuntes del natural y dibujos a la tinta china, en los que se evidencia un dominio magistral del espacio y de los volúmenes, y donde el tema es simplemente una excusa para las formas. Ese mismo carácter puede aplicarse a los pequeños apuntes de figuras o composiciones de cafés, muchos de ellos acuarelados, sobre todo en los últimos años. La figura, por su parte, hay que analizarla desde dos puntos de vista. Si por un lado Morató fue un consumado retratista (cuatro generaciones han pasado por sus pinceles), por otro lado tenemos toda una serie de figuras a partir de las cuales realizaba sus propias experimentaciones formales y cromáticas. Podríamos llamarlas figuras-bodegón o figuras-paisaje, pues es la estructuración cromática de los espacios la que las define. La
persistencia de una cierta tipología femenina no responde sino a esa búsqueda constante de un ideal formal sobre el que aposentar la búsqueda de ese otro ideal intangible que es la felicidad. En este caso, a través de la estética y de la pintura.
Morató Aragonés fue un artista que supo sintetizar, en una obra personal sólida y con carácter, algunos rasgos de las principales corrientes de la pintura del siglo XX. Con un extenso palmarés, reflejo de la dedicación apasionada a la pintura, fue también un gran amante de las tertulias, y su nombre forma parte de los incondicionales de las que tuvieron lugar en puntos emblemáticos de la capital catalana: Kansas, La Puñalada, Samoa, La Cova del Drac y Escarlata.
Murió en Barcelona el 5 de mayo, un mes después de clausurar la última exposición en su ciudad natal, y reposa en Cornudella, a la falda del Montsant, formando parte del paisaje que tantas veces pintó.
Maria Elena Morató |

Altafulla. 1966
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